Pilar. Un relato de Isabel Cárdenas
- badajozcontigo
- 8 sept
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Llamé despacito a la habitación pero no respondió nadie. Volví a intentarlo, esta vez dando unos golpes algo más fuertes en la puerta. Ante el nuevo silencio, abrí con cuidado y vi que no había nadie más que la paciente dentro. Me acerqué a ella para comprobar que, efectivamente, estaba durmiendo. Así que con el máximo sigilo para no despertarla, dejé mis cosas en la silla y fui hasta el control para presentarme y preguntar si había alguien más con ella. Unas amables enfermeras me comentaron lo que ya me habían explicado el día anterior desde la asociación: que Pilar pasaba muchas horas sola porque su marido tenía que atender en casa a un hijo con problemas graves, y sólo podía acompañarla por las mañanas.
Así que volví a la habitación, comprobé que seguía dormida y me senté en el sillón, dispuesta a aliviarla un poco de tanta soledad. No despertó durante más de una hora, hasta que le trajeron la merienda y una enfermera la incorporó para ayudarle a tomarla. Aproveché el momento para presentarme:
—Hola, Pilar. Me llamo Isabel y voy a estar aquí un ratito contigo para acompañarte, ¿te parece?
Ella me miró con unos ojos cansados pero agradecidos, y asintió con la cabeza.
—¿Necesitas algo? ¿Tienes frío, calor?
Se removía incómoda entre los cables y vías que tenía alrededor de ambos brazos.
—Agua —me dijo, con apenas un hilo de voz.
Le acerqué el vaso con la pajita y bebió bastante.
—Pues sí que tenías sed, Pilar…
Ella me miró dulcemente. Creo que hasta ese momento no se dio cuenta de mi presencia.
—Gracias, eres muy buena.
—No hay de qué. Yo sólo vengo aquí a estar un ratito porque el tiempo en el hospital se hace muy largo, ¿verdad?
—Sí, mucho… a ver si poco a poco voy mejor, y puedo ver a mi hijo.
Algo se me anudó en la garganta al oír aquello porque Pilar era paciente de paliativos, y me hizo dudar si sería conocedora de la gravedad de su situación.
—¿Tienes un hijo, Pilar?
—Sí, y es muy bueno. Muy bueno, muy bueno…
Y algo se me anudó de nuevo en la garganta al pensar en ese hijo, cuya situación exacta no conocía, pero que imaginaba debía de ser lo suficientemente grave como para que su padre se viese obligado a dejar sola a su mujer en semejante situación.
—¿Y cuántos años tiene, Pilar?
—Cincuenta, tiene cincuenta años.
—Igual que yo… Pues somos los dos de la misma edad. ¿Y tienes más hijos, Pilar?
—No, sólo él —y mirando por la ventana de la habitación donde ya empezaba a caer la noche, repitió de nuevo durante varios segundos— Es un niño muy bueno, muy bueno, muy bueno…
Quería pensar que, como madre, la máxima preocupación de Pilar sería dejar a su hijo desatendido. Un hijo que, seguramente, la necesitaba mucho.
—Y mi marido… Él me cuida muy bien.
Pilar calló y cerró los ojos.
—Siéntate, por favor.
—Tranquila, Pilar. Yo estaré aquí por si necesitas algo.
Volvió a dormirse unos minutos, y aproveché el momento en que de nuevo despertó para despedirme de ella y comentarle que volvería para acompañarla al día siguiente.
Pero en esa ocasión, no despertó durante todo el tiempo que estuve allí. Las enfermeras entraron varias veces pero negaban con la cabeza, diciéndome que no había habido forma de que estuviese mejor en todo el día. Yo le hablé suavemente a lo largo de la tarde, pero no obtuve respuesta alguna.
Cuando me acerqué por última vez a la cama para decirle que me iba, vi sus zapatillas con la frase “Eres la mejor mamá del mundo” cuidadosamente colocadas a un lado. Estaban muy nuevas, y eso me hizo creer que podían ser un regalo de Reyes. Pensé que podría ser un regalo de su niño de cincuenta años que le esperaba en casa. Y de nuevo, ese nudo en la garganta. Cuando fui al control para avisar que ya me iba, una enfermera me dijo que sentía mucho que ese día hubiese ido “para nada”. Me lo dijo con buena intención, con cariño incluso. Con un gesto que entendí de agradecimiento hacia nuestra labor. Pero el nudo no me dejó responderle como me hubiese gustado. Por eso lo hago ahora: no, no fui “para nada”. Porque aunque Pilar esa tarde no fuese consciente de que no estaba sola, yo sí lo era. Y si hubiera despertado para hablar de su hijo, de cuánto lo echa de menos y de lo bueno que es, yo estaba allí para recibir sus palabras, sus miedos, su angustia y el amor por su niño.

Y quién sabe… puede que ella también supiera que yo estaba a su lado.




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